La fragmentación de la derecha polaca
DESCARGAR PDFHace poco visité Varsovia, en junio de este 2026. Recuerdo pasar por la calle principal —el Krakowskie Przedmieście, donde se encuentra el Castillo Real y que conduce hacia el Palacio Presidencial— y presenciar una curiosa ceremonia-manifestación. Habría dejado perplejo a cualquier turista o periodista extranjero. Se trataba de una «entronización» de Jesucristo: un movimiento de la derecha cristiana polaca que reclama una monarquía para el país católico y eslavo, pero con Jesucristo como monarca. Durante mucho tiempo, la élite política tomó a estos seguidores como algo marginal, casi folclórico, y digno de ser ignorado. Hoy, sin embargo, esa misma escena resume bien lo que le ocurre a la derecha polaca en su conjunto: actores de la sociedad civil conservadora que antes permanecían dormidos o desatendidos por los partidos tradicionales han encontrado, en los últimos años, canales políticos propios donde sentirse representados.
Este artículo defiende que la fragmentación de la derecha polaca desde 2023 no debe leerse como una derrota, sino como el reflejo de una sociedad civil conservadora más diversa y más movilizada de lo que el antiguo monopolio del PiS permitía ver.
Muchos movimientos y partidos contemporáneos logran construir amplias mayorías, o al menos albergar distintas sensibilidades internas. Pero cuando sus esfuerzos de gobierno se ven socavados por disputas internas o por el propio pragmatismo, el resultado suele ser el mismo: la fragmentación política del movimiento. El Partido Popular español es un buen ejemplo. Tras su aplastante victoria de 2011, disfrutó de años de mayoría absoluta. Pero sus esfuerzos por transformar España quedaron limitados, y sus facciones internas, insatisfechas por la falta de acción. De ahí surgirían, podríamos decir, Ciudadanos y Vox: dos partidos que representan distintas facciones de aquel PP, y que ejemplifican un fenómeno de escisión centrífuga dentro de la derecha parlamentaria.
Con este ejemplo español en mente, resulta útil mirar al caso polaco. Jorge Buxadé afirmó en el Parlamento Europeo —y en una entrevista concedida a Politico— que se avecinaba un gobierno «patriota, conservador y antiglobalista» en Polonia. Los sondeos de septiembre de 2026 no lo desmienten del todo: PiS, Konfederacja, la Konfederacja Korony Polskiej de Braun y Rozwój Plus de Morawiecki suman, según distintas casas encuestadoras, entre un 45% y un 55% de la intención de voto combinada, frente a un bloque de gobierno (KO, Lewica y los restos de Trzecia Droga) que ronda el 35-40%. Dicho de otro modo: hay una mayoría potencial de derechas, pero repartida entre cuatro o cinco partidos que no siempre se hablan entre sí.

Conviene, eso sí, no perder de vista que la fragmentación no es un problema exclusivo de la derecha. La propia coalición de gobierno de Donald Tusk —formada por su partido, Koalicja Obywatelska (KO); Lewica, la principal fuerza de la izquierda parlamentaria; y los restos de Trzecia Droga (Tercera Vía), la antigua alianza centrista de Polska 2050 y el PSL— arrastra sus propias tensiones internas y ha perdido apoyo desde 2023, con Polska 2050 y el PSL rozando o cayendo por debajo del umbral electoral en varios sondeos recientes. Si el argumento de este artículo es que la fragmentación es la nueva normalidad de la política polaca, esa normalidad afecta a ambos bloques, no solo al conservador.
La derecha polaca está, en cualquier caso, más fragmentada que nunca, y aún más desde las elecciones presidenciales de 2025, que generaron un nuevo consenso popular en torno a un presidente conservador, Karol Nawrocki. En su momento, todos los partidos conservadores respaldaron al candidato del PiS. Pero desde entonces, construir una amplia coalición conservadora se ha vuelto cada vez más complicado. Por un lado, está la escisión de Grzegorz Braun respecto de Konfederacja, de tinte más nacionalista, ucraniano-escéptico y antiinmigración. Por otro, existe ahora una escisión «moderada» del PiS, liderada por el exprimer ministro Mateusz Morawiecki, quien considera que el partido —hoy integrado en el grupo europeo ECR (Conservadores y Reformistas Europeos)— se estaba radicalizando en exceso y ahuyentando al electorado de centro.
Polonia se enfrenta así a una nueva encrucijada, con uno de los parlamentos más diversos desde la caída del comunismo en 1989, de cara a las elecciones legislativas previstas para el otoño de 2027. Las encuestas son claras en un punto: existe un consenso democrático a favor de un gobierno «patriota y conservador». La pregunta abierta es de qué color será esa coalición. Una opción sería una alianza entre Tusk y Morawiecki. Pero supondría una traición para los votantes que ven en Tusk a un títere de Bruselas, tras unos años de gobierno que consideran malgastados. Esa misma alianza, sin embargo, también podría reorientar la política de Tusk, alejándola de Lewica y de Razem (la formación de izquierda anticapitalista, más a la izquierda que Lewica). Otra fórmula posible —esta sí, capaz de inquietar seriamente a Bruselas y a los dirigentes de la UE— sería la de PiS + Konfederacja + Braun, con apoyo táctico de Rozwój Plus.
Esta combinación no sería sino la expansión de la antigua coalición reunida bajo el PiS hace apenas unos años. La diferencia es que ahora sus facciones disidentes se han organizado en partidos propios, con mayor capacidad de acción que la de un simple gobierno de mayoría absoluta. La fragmentación, en definitiva, es un hecho real de la política contemporánea, al que el mundo conservador debe adaptarse. Hace falta pragmatismo, sobre todo a la hora de gobernar, pero también a la hora de formar coaliciones entre partidos que comparten una misma esfera política.
Los acuerdos son necesarios y son posibles, especialmente si el público polaco reclama un cambio real: una regeneración política post-Tusk que no dependa del control absoluto del PiS.
Así pues, esta fragmentación de la derecha no debe leerse como un fracaso de la oposición conservadora, sino como una evolución por separado de sus distintos movimientos y sensibilidades sociales —la misma sociedad civil conservadora, dormida durante años, que uno podía intuir observando aquella entronización en el Krakowskie Przedmieście—. Es difícil mantener unidos a todos los fieles de un partido tras unas elecciones perdidas, como ocurrió en 2023. Pero, como tantas otras veces, Polonia atraviesa ahora una renovación política e ideológica hacia una mayor diversidad conservadora.
Antes de seguir especulando sobre coaliciones, conviene recordar por qué Polonia le importa tanto a sus socios europeos y atlánticos. El país es una de las mayores economías de Europa —la sexta de la Unión Europea— y cuenta con el tercer ejército en activo de la OTAN, con en torno a un 4,5-4,8% del PIB invertido en Defensa. Es, en otras palabras, un país firmemente comprometido con sus alianzas transatlánticas, cuya pertenencia civilizatoria está anclada en Occidente y cuyo peso dentro de la UE es notable. Si Polonia pasa del gobierno tecnocrático y centrista de Tusk a uno con una coalición más amplia y heterogénea, podría inquietar a los inversores: Varsovia es una de las principales ciudades europeas receptoras de inversión extranjera directa en nuevas tecnologías y en el sector financiero. Podría inquietar también a sus aliados europeos, si en el gobierno entran los sectores más euroescépticos respecto a la OTAN. Aun así, este cambio de fase no debería mirarse con miedo. Polonia tiene una historia rica y un gran potencial; lo que corresponde es cierto pragmatismo a la hora de leer las oportunidades que se presentan.
Implicaciones de políticas públicas
Para el mundo conservador, esta fragmentación debe leerse como una oportunidad, no como una derrota. Que el PiS haya perdido su hegemonía en la derecha no implica el fracaso de sus políticas. Implica, más bien, que debe actuar como el principal actor y fuerza de oposición en las futuras negociaciones de coalición con partidos como Konfederacja y Rozwój Plus. Tomar el relevo como partido natural para suceder a Tusk debe ser la prioridad, sin dejar que las disputas internas sigan asustando al electorado. Esta oportunidad de reunir a todos los representantes de la derecha no debe desperdiciarse. De cara a 2027, además, el futuro gobierno representará para la derecha europea un aliado necesario para Meloni: un gobierno de derechas con una amplia coalición conservadora como en Italia demostraría ante el público occidental que este fenómeno no es exclusivamente italiano.
Dicho esto, esa lectura optimista no debería hacernos olvidar que el propio PiS gobernó entre 2015 y 2023 en medio de fricciones serias con la UE por la reforma del poder judicial y el Estado de derecho —fricciones que llevaron a Bruselas a activar mecanismos sancionadores contra Varsovia y que Tusk ha intentado revertir desde entonces, con éxito desigual—. Cualquier análisis honesto de un eventual regreso de la derecha al poder debe contar con esa tensión no resuelta, más allá de que uno la comparta o la rechace. Pero si el resto de Europa sigue con victorias electorales del nacionalconservadurismo y la derecha en general, acabará surgiendo una necesidad pragmática entre la UE y estos gobiernos de tono conservador-nacional.
La alternancia política, en cualquier caso, no debería asustar ni a los inversores ni a los aliados de la OTAN. Con la excepción de Braun, un nuevo gobierno conservador en Polonia no debería poner en duda la lealtad del Estado polaco a sus alianzas existentes ni a sus compromisos con la UE. ¿Se pedirán cambios en la hiperregulación del mercado? Sin duda. ¿Saldrá Polonia de la OTAN o de la UE? En absoluto. La derecha euroescéptica europea aprendió, tras el Brexit, que resulta más fácil cambiar una institución desde dentro que verla continuar igual desde fuera. Un gobierno amplio de derechas en Polonia sentaría, de hecho, unas bases propiamente conservadoras dentro de la UE: sería la prueba de que otra Unión Europea es posible sin necesidad de soluciones radicales.
En conclusión, la situación de la derecha polaca de cara a 2027 es «complicada» si la vemos solo como una diversificación de las opciones electorales conservadoras. Pero de esa fragmentación deberíamos extraer una oportunidad. No volverán las épocas de mayorías absolutas conservadoras bajo unas mismas siglas. Sí podrán existir, en cambio, consensos populares y pragmáticos que permitan sacar adelante una coalición de gobierno. Para eso hará falta voluntad política por parte de la antigua generación conservadora polaca, capaz de formalizar una nueva etapa de regeneración del país y de una derecha estancada desde la derrota electoral de 2023. Aquella escena en el Krakowskie Przedmieście —una fe monárquica que pocos tomaban en serio hace apenas unos años— es, en el fondo, una metáfora del momento: una sociedad civil conservadora fragmentada, sí, pero también más viva, más plural y con más ganas de ser escuchada que en ningún momento desde 1989. Polonia representa así una oportunidad no solo para sus ciudadanos, sino también para todos los analistas y conservadores europeos con vocación de gobierno.
