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Artículo · Sociedad Civil

Pensar como inversión

«El pensar es la actividad que hace el alma cuando dialoga y se plantea a sí misma preguntas y respuestas, afirmando unas veces y negando otras», dice Sócrates. La sed de inmediatez que caracteriza a la sociedad actual tiene como resultado…

20 de diciembre de 20233 minAndrea Blavia Guédez
Portada editorial de sociedad civil e influencia institucional.
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«El pensar es la actividad que hace el alma cuando dialoga y se plantea a sí misma preguntas y respuestas, afirmando unas veces y negando otras», dice Sócrates. La sed de inmediatez que caracteriza a la sociedad actual tiene como resultado directo la tendencia a afirmar siempre o, peor aún, a no llegar siquiera a plantearse preguntas al propio yo. No hay tiempo para distanciarse de uno mismo, contemplarse con perspectiva y someter a crítica aquello que se defiende —o se cree defender—.

Secciones principales
  • Marco de análisis
  • Desarrollo
  • Conclusiones

(fue asistente de investigación en Fortius)

«El pensar es la actividad que hace el alma cuando dialoga y se plantea a sí misma preguntas y respuestas, afirmando unas veces y negando otras», dice Sócrates. La sed de inmediatez que caracteriza a la sociedad actual tiene como resultado directo la tendencia a afirmar siempre o, peor aún, a no llegar siquiera a plantearse preguntas al propio yo. No hay tiempo para distanciarse de uno mismo, contemplarse con perspectiva y someter a crítica aquello que se defiende —o se cree defender—.

El doing se impone al thinking en todos los ámbitos del mundo contemporáneo, más preocupado por respuestas eficaces que por preguntas desafiantes. Como consecuencia, la sociedad se pasiviza, se sistematiza y se conforma con aquello que se le inculca sin replantearse su posición de partida; un peligro enorme en un mundo en constante evolución que exige, tanto en el ámbito corporativo como en el político, fórmulas nuevas para alcanzar el éxito.

Las empresas del futuro no son activos, sino ideas, y en el tercer sector el pensamiento también constituye la clave de la victoria: sin pensamiento no hay cambio. Al distanciarnos de lo inmediato, creamos un espacio para la reflexión profunda que nos permite no sólo comprender el mundo, sino también construirlo y transformarlo. Sin pensamiento no hay transformación; nos limitaríamos a aceptar la realidad tal como es.

Resulta evidente, por tanto, por qué es imprescindible invertir tiempo y recursos en pensar. Y, sin embargo, en la práctica no se debaten verdaderamente las ideas ni existe disposición a cambiar de opinión, a mantener simultáneamente dos posiciones internas mediante el distanciamiento de la propia perspectiva. No se está dispuesto a pensar.

Esto se aprecia con claridad en el sujeto contemporáneo que se siente personalmente atacado cuando lo que se cuestionan son sus ideas, de las cuales debería ser capaz de tomar distancia para permitir el verdadero debate. Ahí reside precisamente el problema de la polarización: impide tender puentes para debatir y, con ello, imposibilita el fortalecimiento de las ideas.

Sólo a través del diálogo con quien discrepa puede alcanzarse la mejor versión de nuestras convicciones. El debate es una forma de exteriorizar y materializar ese proceso de preguntas y respuestas que Sócrates describía. Hoy somos malos embajadores de nuestras ideas; para que estas crezcan, deben someterse al test de la confrontación dialéctica.

La única posibilidad de una sociedad civil viva y fuerte es que esté liderada por sujetos pensantes; y para que ello sea posible, es necesario educar a personas capaces de pensar y orientadas hacia fines que trasciendan lo inmediato. Por ello, resulta imprescindible fomentar el verdadero debate, aquel en el que los argumentos no se perciben como ataques personales, sino como oportunidades para reforzar o reformular lo que se cree.

Sólo así son posibles el cambio y el éxito: mediante la inversión en pensamiento, porque si bien es cierto que este no lo resuelve todo, sin él no se resuelve nada.