De Suez a Ormuz
Las alianzas internacionales suelen describirse en términos normativos: comunidades de valores compartidos, compromisos mutuos y solidaridad estratégica entre socios. Sin embargo, el análisis histórico demuestra que las alianzas no funciona…

Las alianzas internacionales suelen describirse en términos normativos: comunidades de valores compartidos, compromisos mutuos y solidaridad estratégica entre socios. Sin embargo, el análisis histórico demuestra que las alianzas no funcionan primariamente sobre bases morales, sino sobre cálculos de interés nacional.
- La verdadera naturaleza de las alianzas y los límites estructurales de la solidaridad estratégica occidental
- COMENTARIO
- La guerra de Argelia (1954–1962)
- Irak y Afganistán
La verdadera naturaleza de las alianzas y los límites estructurales de la solidaridad estratégica occidental
COMENTARIO
Resumen Ejecutivo
Las alianzas internacionales suelen describirse en términos normativos: comunidades de valores compartidos, compromisos mutuos y solidaridad estratégica entre socios. Sin embargo, el análisis histórico demuestra que las alianzas no funcionan primariamente sobre bases morales, sino sobre cálculos de interés nacional.
El sistema de alianzas occidental liderado por Estados Unidos no constituye una excepción. Desde el final de la Segunda Guerra Mundial, Washington ha ejercido como potencia hegemónica del bloque occidental, estructurando el orden internacional liberal mediante su superioridad militar, financiera y política. No obstante, dicha hegemonía nunca ha implicado una subordinación automática de los intereses estadounidenses a los de sus aliados, ni una solidaridad mecánica en todos los escenarios de conflicto.
La historia de las alianzas occidentales revela un patrón constante: los Estados cooperan cuando sus intereses convergen y divergen cuando dejan de hacerlo. El hecho de compartir alianzas formales, afinidades ideológicas o marcos institucionales comunes no elimina la primacía del interés nacional como principio rector de la política internacional.
El actual contexto de tensiones en torno a Irán, el estrecho de Ormuz y las crecientes divergencias estratégicas entre Washington y varias capitales europeas vuelve a poner de manifiesto esta realidad estructural. Más aún, sugiere que el sistema de alianzas occidental podría estar entrando en una nueva fase de reajuste, marcada por la transición desde un orden unipolar dominado por Estados Unidos hacia un entorno internacional crecientemente multipolar.
I. La lógica real de las alianzas: cooperación condicionada por interés nacional
La retórica política contemporánea tiende a presentar las alianzas como asociaciones permanentes basadas en valores compartidos y lealtades recíprocas. Sin embargo, esta visión idealizada rara vez resiste un análisis histórico riguroso.
Las alianzas son, en esencia, mecanismos instrumentales de cooperación estratégica. Su finalidad no es la solidaridad abstracta, sino la maximización del interés nacional de sus miembros en un contexto de competencia internacional.
Ello implica que:
- La cooperación entre aliados existe mientras los intereses estratégicos convergen.
- La solidaridad disminuye cuando dichos intereses divergen.
- Ningún Estado subordina permanentemente sus intereses fundamentales a la mera lógica de alianza.
El bloque occidental de posguerra, pese a su elevado grado de institucionalización, no ha alterado esta lógica básica de funcionamiento internacional.
II. La paradoja de la hegemonía: quien más sostiene el sistema es quien más se beneficia de él
Desde 1945, Estados Unidos ha sido el eje central del sistema occidental de alianzas. Su superioridad militar, económica y financiera permitió construir el orden liberal internacional de posguerra, desde la OTAN hasta Bretton Woods.
Ello ha generado una percepción profundamente arraigada en el discurso político estadounidense: la idea de que Washington soporta una carga desproporcionada en el mantenimiento del orden internacional.
En parte, dicha percepción es correcta. Estados Unidos:
- Aporta el grueso del gasto militar agregado de la OTAN.
- Mantiene la red global de despliegue militar más extensa del mundo.
- Actúa como garante último de la seguridad occidental.
No obstante, esta visión resulta incompleta si omite el hecho de que el hegemon es también el principal beneficiario del sistema que lidera.
El orden internacional liberal ha proporcionado a Estados Unidos ventajas estructurales extraordinarias:
- Dominio del dólar como moneda de reserva global.
- Capacidad para moldear normas e instituciones internacionales.
- Influencia privilegiada sobre arquitectura financiera y comercial global.
- Profundización de dependencias estratégicas de aliados y socios.
La realidad, por tanto, es dual: el hegemon soporta mayores cargas, pero también obtiene beneficios sistémicos superiores.
Comprender esta dualidad es esencial para interpretar correctamente la historia del sistema occidental de alianzas.
III. Cuando Washington no respaldó a sus aliados: precedentes históricos
La narrativa de solidaridad automática dentro de la alianza occidental queda desmentida por numerosos precedentes históricos en los que Estados Unidos optó por no respaldar plenamente a sus aliados cuando hacerlo contravenía sus propios intereses estratégicos.
La guerra de Argelia (1954–1962)
Durante la guerra de independencia argelina, Francia desplegó cerca de medio millón de efectivos para sostener su control sobre un territorio que consideraba parte integral de la República Francesa.
Pese a tratarse de un aliado central de la OTAN, París recibió un respaldo estadounidense muy limitado. Washington consideró que la descolonización era inevitable y temía que el apoyo explícito al esfuerzo colonial francés dañara su posición estratégica en el mundo árabe y empujara nuevos Estados independientes hacia la órbita soviética.
La solidaridad aliada quedó subordinada a la estrategia global estadounidense.
La invasión turca de Chipre (1974)
Cuando Turquía —miembro de la OTAN— invadió Chipre en 1974 tras un golpe respaldado por la junta griega, Estados Unidos evitó intervenir militarmente pese a tratarse de un conflicto directo entre aliados.
Washington priorizó evitar una escalada intra-OTAN y preservar la estabilidad general de la alianza antes que alinearse plenamente con una de las partes.
De nuevo, el interés sistémico prevaleció sobre la solidaridad bilateral.
El Sáhara Occidental y la política hacia Marruecos
Estados Unidos ha respaldado reiteradamente posiciones favorables a Marruecos respecto al Sáhara Occidental, incluso cuando ello ha contravenido intereses o sensibilidades españolas.
Este patrón demuestra que incluso aliados estrechos pueden ver sacrificados sus intereses cuando Washington considera prioritarias otras relaciones regionales o cálculos estratégicos superiores.
IV. Suez: el momento fundacional de la subordinación estratégica europea
La Crisis de Suez de 1956 constituye probablemente el ejemplo más paradigmático de los límites reales de la autonomía estratégica de los aliados europeos bajo hegemonía estadounidense.
Tras la nacionalización del Canal de Suez por Gamal Abdel Nasser, Reino Unido y Francia coordinaron con Israel una operación militar destinada a recuperar el control del canal.
Sin embargo, lejos de respaldar la operación de sus aliados, Washington la rechazó frontalmente.
La Administración Eisenhower ejerció presión diplomática y financiera masiva sobre Londres y París, incluyendo amenazas de desestabilización de la libra esterlina mediante venta de reservas estadounidenses.
El resultado fue la retirada anglo-francesa y la aceptación de un alto el fuego.
Suez demostró de forma inequívoca que:
- Reino Unido y Francia ya no podían actuar estratégicamente al margen de Washington.
- La centralidad del poder occidental se había desplazado definitivamente al otro lado del Atlántico.
- La hegemonía estadounidense implicaba capacidad de veto efectivo sobre aliados nominalmente soberanos.
Suez marcó así el nacimiento pleno del orden atlántico bajo primacía americana.
V. Cuando el interés era de Washington: la solidaridad europea como inversión estratégica
El patrón inverso también ha sido históricamente evidente.
Cuando el actor interesado era el propio hegemon, los aliados europeos han tendido frecuentemente a respaldar iniciativas estadounidenses incluso cuando sus intereses inmediatos no coincidían plenamente.
Irak y Afganistán
Durante las campañas de Irak y Afganistán, numerosos aliados europeos ofrecieron:
- Acceso a bases militares.
- Apoyo logístico y de inteligencia.
- Participación directa en operaciones militares.
Más de 1.100 soldados europeos murieron en apoyo de operaciones lideradas por Estados Unidos en dichos teatros.
Este respaldo no obedecía únicamente a afinidad ideológica o lealtad política, sino también a un cálculo estratégico racional: mantener buenas relaciones con la potencia hegemónica constituía en sí mismo una inversión estratégica.
VI. Ormuz y la posible transición hacia un nuevo equilibrio sistémico
La actual crisis en torno al estrecho de Ormuz podría representar un punto de inflexión comparable —en términos estructurales— a Suez.
No porque ambas situaciones sean idénticas, sino porque ambas ponen de relieve transformaciones más profundas en la distribución global de poder.
En 1956, Suez simbolizó el final definitivo de la autonomía imperial británica y francesa.
Hoy, Ormuz podría simbolizar el comienzo visible de una nueva fase: la erosión progresiva de la primacía estadounidense incontestada.
Estados Unidos sigue siendo la principal potencia global:
- Mantiene superioridad militar convencional incomparable.
- Lidera tecnológicamente sectores estratégicos clave.
- Conserva la red de alianzas más extensa del sistema internacional.
No obstante, ya no opera en un entorno unipolar incontestado.
La creciente influencia de China, el mayor margen de maniobra de potencias regionales y la fragmentación del orden internacional apuntan hacia una progresiva multipolarización del sistema.
En este contexto, la crisis de Ormuz puede poner de manifiesto una nueva realidad:
Estados Unidos sigue siendo hegemón, pero ya no es un hegemon incontestado.
Conclusión
La historia de las alianzas occidentales demuestra que la solidaridad estratégica nunca ha sido automática ni incondicional.
Las alianzas no eliminan la lógica de interés nacional. La estructuran, la moderan y la canalizan, pero no la sustituyen.
El sistema atlántico liderado por Estados Unidos ha funcionado durante décadas porque ofrecía beneficios mutuos a sus participantes, aunque de forma asimétrica. Sin embargo, dicho equilibrio podría estar entrando en una fase de reajuste estructural.
Así como Suez simbolizó el declive irreversible de la primacía británica y francesa dentro del bloque occidental, Ormuz podría terminar simbolizando el inicio visible de una nueva era: aquella en la que Estados Unidos siga siendo la principal potencia global, pero ya no pueda definir por sí solo el horizonte estratégico de todo Occidente.
Las alianzas persistirán.
Los intereses nacionales seguirán guiándolas.
Pero el orden sobre el que descansan está cambiando.
Nota
**Una versión original y más extensa de este análisis fue publicada por Juan Ángel Soto en The European Conservative el 8 de abril de 2026 bajo el título From Suez to Hormuz and the True Nature of Alliances. Disponible en:
**https://europeanconservative.com/articles/analysis/from-suez-to-hormuz-and-the-true-nature-of-alliances/
Publicación original en The European.